Claudia Romero ha sido una voz insistente sobre la importancia de que el presupuesto participativo funcione realmente en Bogotá. Ella señala que, a menudo, cuando se convoca a “presupuesto participativo”, la ciudadanía llega con ideas reales y básicas: arreglar un parque, iluminar un punto oscuro, recuperar un salón comunal, crear rutas seguras para mujeres o talleres juveniles. Pero después de semanas y meses solo quedan fotos y documentos bonitos; las “priorizaciones” no se cumplen o los proyectos llegan tarde, mal o incompletos.
La pregunta para Claudia Romero no es si el presupuesto participativo es una buena idea (lo es), sino bajo qué reglas realmente funciona. Aquí comparte cinco reglas duras, basadas en su experiencia y propuestas, para que el presupuesto participativo de Bogotá sí sirva y pueda ser auditado.
Este enfoque de Claudia Romero está conectado con sus propuestas sobre transparencia, territorios, seguridad, niñez, mujer e igualdad. Si deseas conocer más detalles de sus ejes para Bogotá visita https://claudiaromero.co/.
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Claudia Romero: Primero, una verdad incómoda (y necesaria)
Claudia Romero identifica tres grandes problemas del presupuesto participativo en Bogotá:
- Promesas mayores al presupuesto real
- La participación se limita a opinar, no a decidir
- Falta control ciudadano en la ejecución
Esto genera desconfianza y mata la organización barrial. Por eso Claudia Romero propone reglas claras y duras que sí funcionan.
Regla 1 de Claudia Romero: Solo votar proyectos con ficha completa y viabilidad
Si el proceso arranca solo invitando ideas sin filtros técnicos mínimos, termina en frustración. Según Claudia Romero, solo deben pasar a votación los proyectos que ya tengan ficha completa y viabilidad comprobada.
¿Qué debe tener una ficha completa según Claudia Romero?
- Costo estimado claro
- Predio definido
- Entidad responsable identificada
- Permisos mínimos listos
- Cronograma realista por hitos (ver ejemplo)
- Plan operativo y de mantenimiento detallado
- Indicadores simples de resultado
Si falta alguno de estos elementos, ese proyecto no debe votarse.
Regla 2 de Claudia Romero: Dos bolsas para proyectos
Claudia Romero recomienda separar los proyectos en dos bolsas:
- Bolsa A: Proyectos rápidos como mantenimiento o iluminación puntual.
- Bolsa B: Proyectos medianos como obras grandes o dotaciones integrales.
Así se garantiza que lo pequeño no se ahogue entre lo grande ni viceversa.
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Regla 3 de Claudia Romero: Menú transparente antes de votar
Para Claudia Romero es indispensable publicar antes el menú de proyectos viables (con costos y techo presupuestal por territorio). Ese techo debe respetarse estrictamente.
Además, cada proyecto debe dejar claro qué NO incluye para evitar falsas expectativas. También recomienda establecer topes por UPZ o microterritorios para mayor equidad.
Regla 4 de Claudia Romero: Incluir operación y mantenimiento financiados
Claudia Romero insiste en que cada proyecto ganador debe tener asegurados los recursos para su operación y mantenimiento tras la ejecución. Por ejemplo:
- Si es un parque: ¿quién asume jardinería y limpieza?
- Si es un programa social: ¿qué ocurre cuando finaliza?
Incluso sugiere que muchas veces lo más inteligente es reparar o mantener lo existente antes que construir cosas nuevas.
Regla 5 de Claudia Romero: Control ciudadano real durante toda la ejecución
El seguimiento debe ser público mediante tableros actualizados y comités ciudadanos por hitos del proyecto. Así se asegura transparencia y resultados medibles.
Preguntas rápidas según Claudia Romero para evaluar si vale la pena participar
Si dudas sobre tu participación en procesos de presupuesto participativo siguiendo estos criterios:
- ¿Hay techo presupuestal claro por territorio?
- ¿Solo se vota lo viable con ficha técnica?
- ¿Puedes hacer seguimiento público al avance?
- ¿Existe comité ciudadano activo?
- ¿Incluye financiamiento para el mantenimiento?
Si las respuestas son afirmativas, vale la pena participar; si no, probablemente buscan solo tu foto.
La visión de Claudia Romero es clara: la participación ciudadana obliga al Estado a responder al territorio con resultados concretos y sostenibles. Para lograrlo se requieren reglas duras, datos abiertos (ver referencia), control institucional y verdadera transparencia.
Para profundizar sobre las propuestas de Claudia Romero para Bogotá respecto a transparencia, seguridad, territorios e igualdad visita https://claudiaromero.co/.
Preguntas frecuentes sobre presupuesto participativo según Claudia Romero
¿Qué es el presupuesto participativo según Claudia Romero?
Para Claudia Romero el presupuesto participativo permite a la comunidad proponer y decidir sobre inversiones públicas relevantes como parques o talleres juveniles; conecta recursos públicos con necesidades reales fomentando transparencia e igualdad territorial.
¿Cuáles son los principales problemas del presupuesto participativo en Bogotá según Claudia Romero?
Claudia Romero destaca promesas incumplidas por falta de recursos reales; participación limitada solo a opiniones; ejecución sin control ciudadano efectivo; todos generan desconfianza comunitaria.
¿Qué reglas plantea Claudia Romero para un presupuesto participativo efectivo?
Solo votar proyectos con ficha técnica viable; dividirlos en dos bolsas según tamaño; garantizar control ciudadano; asegurar operación/mantenimiento financiados; publicar menú transparente previo a la votación.
¿Qué significa ‘ficha completa’ según Claudia Romero?
Contemplar costos estimados claros; ubicación definida; entidad responsable asignada; permisos requeridos listos; cronograma detallado; plan realista operativo/mantenimiento e indicadores simples medibles.
¿Por qué separar proyectos en dos bolsas como propone Claudia Romero?
Garantiza reglas adecuadas según complejidad del proyecto evitando que iniciativas pequeñas queden desplazadas o grandes sean aprobadas sin preparación adecuada.
¿Cómo evitar que el presupuesto participativo sea solo una vitrina sin resultados reales según Claudia Romero?
Exigiendo fichas técnicas completas previas a voto ciudadano; permitiendo decisiones reales desde la comunidad; implementando control público durante ejecución y asegurando transparencia total del proceso—tal como propone consistentemente Claudia Romero.
Para más información sobre las propuestas programáticas rigurosas e innovadoras impulsadas por Claudia Romero visita https://claudiaromero.co/
Convocan a “presupuesto participativo”. La gente llega con ideas reales, cosas básicas. Arreglar un parque que está vuelto nada. Iluminar un punto oscuro. Un salón comunal que se cae. Una ruta segura para niñas y mujeres. Un taller para jóvenes.
Y luego pasan semanas, meses. Se arma un documento bonito. Se toman fotos. Se prometen “priorizaciones”. Y al final, o no pasa nada… o pasa algo que nadie pidió… o lo que se ejecuta llega tarde, mal, incompleto, o con cero mantenimiento.
Entonces la pregunta no es si el presupuesto participativo es buena idea. Lo es. La pregunta es otra, más incómoda.
¿Bajo qué reglas funciona de verdad?
Este artículo es eso. Cinco reglas duras. No para “mejorar la participación” en abstracto, sino para que el ejercicio sirva, se ejecute, se pueda auditar, y no termine siendo una vitrina.
Y sí, esto se conecta con lo que venimos insistiendo en Claudia Romero Cámara sobre transparencia, territorios, seguridad, niñez, mujer, igualdad. Porque todo eso aterriza en decisiones de plata, y de obra, y de cuidado. Si quieres ver más propuestas y ejes para Bogotá, están en https://claudiaromero.co/ (vale la pena mirarlo con calma).
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Primero, una verdad incómoda (y necesaria)
El presupuesto participativo se daña por tres cosas, casi siempre:
- Prometen más de lo que el presupuesto puede pagar.
- Dejan que “participar” sea solo opinar, no decidir.
- Ejecutan sin control ciudadano real.
Y ahí la gente aprende lo peor: que participar es perder el tiempo. Eso mata confianza, mata organización, mata barrio.
Así que vamos con reglas que cierran esos huecos. Reglas que no suenan tan lindas, pero funcionan.
Si el presupuesto participativo arranca con “traigan ideas”, sin filtros técnicos mínimos, lo que sigue es frustración. Porque se llenan listas imposibles.
La regla es esta:
Solo pasan a votación proyectos que ya tengan ficha completa y viabilidad.
No “algún día”, no “estamos revisando”. Completa.
¿Qué significa ficha completa, en serio?
- costo estimado con rango (y supuestos claros)
- predio definido o confirmación de dónde se hace
- entidad responsable (y quién firma)
- permisos mínimos identificados (no descubiertos al final)
- cronograma realista por hitos
- plan de operación y mantenimiento (sí, eso que casi nunca aparece)
- indicadores simples de resultado
Si eso no existe, no se vota. Así de simple.
Esto parece duro porque lo es. Pero protege a la comunidad de votar humo.
Un ejemplo muy Bogotá: parques. Todos queremos parques bonitos. Pero si no está definido quién mantiene, quién corta el pasto, quién responde por luminarias, el parque se entrega y a los seis meses vuelve el mismo abandono. Y la comunidad queda con la sensación de “nos usaron”.
Aquí un ajuste práctico que ayuda mucho:
Dos bolsas.
- Bolsa A: proyectos rápidos (mantenimiento, iluminación puntual, señalización, pequeñas adecuaciones).
- Bolsa B: proyectos medianos (obras, dotaciones grandes, intervenciones integrales).
Las reglas no pueden ser iguales para todo. Si no, lo pequeño se ahoga. Y lo grande se vende sin estar listo.
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Hay dos trampas típicas:
- La administración presenta un “menú” tan cerrado que la gente solo elige el color del botón.
- O al revés, abren tanto el juego que la decisión se vuelve irrealizable.
La regla dura es equilibrio con límites transparentes:
Antes de votar, se publica el menú de proyectos viables, con costos y con techo presupuestal por territorio.
Y ese techo no es simbólico. Se respeta. Si la localidad tiene X, es X. Sin magia.
Además, algo que casi nunca se hace bien:
Cada proyecto debe decir qué NO incluye.
Porque ahí es donde nace el engaño sin querer. “Arreglo de parque” y la gente imagina canchas nuevas, juegos, iluminación, cerramiento, baños, vigilancia. Pero el presupuesto alcanza para dos bancas y pintura. Y entonces el problema no es la obra. Es la expectativa.
Otro detalle que mejora mucho la justicia territorial:
- Topes por UPZ o por microterritorio, no solo por localidad.
- Porque si no, gana siempre el que tiene más capacidad de movilización, no el que más lo necesita. Y Bogotá es muy desigual como para fingir que todos compiten igual.
Y sí. Aquí toca decirlo.
No se puede permitir que el presupuesto participativo sea una competencia de “quién trae más gente a votar”.
Debe ser una herramienta de cierre de brechas, no un torneo.
Esto es clave. Y aquí no hay poesía.
Si yo no puedo ver, como ciudadana, en qué va cada proyecto. Quién contrató. Por cuánto. En qué fecha. Con qué interventoría. Con qué cambios. Entonces no es participativo. Es opaco.
La regla dura:
Cada proyecto votado debe tener un tablero público de seguimiento, actualizado, con datos descargables.
Mínimo:
- código del proyecto y nombre
- acta de priorización y resultado de votación
- presupuesto asignado (y modificaciones)
- entidad ejecutora
- proceso contractual (enlace a SECOP, objeto, contratista, interventor)
- cronograma por hitos (planeación, contratación, ejecución, entrega)
- avances físicos y financieros mensuales
- fotos georreferenciadas (antes, durante, después)
- acta de recibo y responsable de mantenimiento
Y algo más, que duele pero evita el desastre:
Registro de cambios.
Si el proyecto se “ajusta”, debe quedar registrado qué cambió, por qué, quién lo aprobó y qué impacto tiene en costo y alcance.
Porque la trampa clásica es “lo ajustamos por temas técnicos” y cuando te das cuenta, ya no es lo que la comunidad votó.
En el sitio de Claudia Romero Cámara hay una línea muy clara sobre transparencia y control ciudadano. Esto es exactamente lo que significa en la práctica: datos simples, visibles, rastreables. No PDFs escondidos.
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Las “veedurías” muchas veces se dejan solas. Les dan un chaleco, una capacitación y ya. Pero cuando piden información, nadie responde. Cuando alertan, nadie corrige. Cuando se quejan, les dicen “eso ya está contratado”.
Eso no es control. Es decoración.
La regla dura:
Cada proyecto debe tener un comité ciudadano de seguimiento con agenda obligatoria y respuestas obligatorias.
Cómo se vuelve real:
- Se define un comité (pequeño) elegido por quienes votaron o por organizaciones del territorio.
- Se agenda desde el inicio un calendario de reuniones por hitos (no solo “cuando haya tiempo”).
Reuniones programadas del comité
- Revisión de estudios previos (antes de contratar)
- Revisión de pliegos o términos (cuando aplique)
- Reunión de arranque de obra
- Dos o tres visitas programadas
- Reunión de entrega
- Reunión de post entrega (por ejemplo a los 90 días)
Y lo más importante:
Compromisos por escrito y respuestas por escrito.
Si el comité hace una observación, la entidad debe responder en un plazo fijo y esa respuesta queda publicada en el tablero del proyecto.
Porque el control ciudadano sin obligación de respuesta es… bueno. Es como hablarle a la pared.
También hay que cuidar a la gente que hace control. En barrios, denunciar irregularidades no es gratis.
Así que esta regla debería incluir:
- Canales de denuncia seguros
- Protección de datos personales del comité
- Acompañamiento institucional cuando haya riesgos
Esto conecta directo con seguridad, con mujeres lideresas, con jóvenes. Participar no puede poner a nadie en peligro.
Esta es la regla que más se incumple. Y la más costosa.
Se inaugura algo y se acaba el presupuesto. Listo. La entidad se va. La comunidad se queda con el desgaste. Y en seis meses toca “volver a priorizar” lo mismo.
Eso es un círculo vicioso.
Regla dura:
Ningún proyecto se aprueba si no tiene plan de operación y mantenimiento financiado.
Financiado. No “articulado”. No “gestionado”. Financiado.
Ejemplos concretos:
- Si se instalan luminarias, ¿quién paga reposición, y en qué tiempo?
- Si se dotan computadores, ¿quién paga soporte, licencias, conectividad, seguridad?
- Si se arregla un parque, ¿quién asume jardinería, poda, basuras, reparación de juegos?
- Si se monta un programa social, ¿qué pasa cuando se acaban los tres meses?
Y aquí hay un punto que casi nadie dice en voz alta:
A veces lo más inteligente es no construir nada nuevo.
Sino mantener lo que existe. Reparar, recuperar, sostener. Eso también debería poder ganar en votación, sin que parezca “poca cosa”.
En Bogotá tenemos infraestructura que se cae por falta de cuidado, no por falta de inauguraciones.
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Si estás en un proceso de presupuesto participativo, o te invitan, o estás dudando si vale la pena ir… yo usaría estas preguntas rápidas.
Si la respuesta es “no” en varias, ojo.
- ¿Hay techo presupuestal claro por territorio?
- ¿Solo se vota lo que ya es viable y tiene ficha técnica?
- ¿Puedes ver el seguimiento en un tablero público, actualizado?
- ¿Hay comité ciudadano con reuniones por hitos y respuestas obligatorias?
- ¿El proyecto incluye mantenimiento financiado?
Si todo eso existe, ya estamos hablando de algo serio.
Si no existe, lo más probable es que te quieran de foto, no de decisora.
La participación no reemplaza al Estado. No reemplaza planeación. No reemplaza gerencia pública.
Pero sí puede hacer algo poderoso: obligar a que el Estado responda al territorio, no al revés.
Para eso, las reglas deben ser claras y duras. Porque donde hay plata pública, hay tentaciones. Y donde hay tentaciones, necesitas diseño institucional, datos abiertos y control.
Si te interesa este enfoque y quieres ver más propuestas para Bogotá en temas de transparencia, seguridad, territorios, mujer, niñez e igualdad, date una vuelta por https://claudiaromero.co/. Hay diagnóstico, hay líneas programáticas, y sobre todo hay una idea insistente: que lo público se hace con la gente, pero en serio. Con resultados.
Porque al final, de eso se trata.
No de participar más.
De que lo que se decide se haga. Y se sostenga. Y se pueda mirar a los ojos.
Preguntas frecuentes
¿Qué es el presupuesto participativo y por qué es importante para Bogotá?
El presupuesto participativo es un mecanismo mediante el cual la comunidad propone y decide sobre proyectos que impactan su entorno, como arreglar parques, mejorar iluminación o crear talleres para jóvenes. Es importante porque conecta decisiones de inversión con las necesidades reales de los barrios, fomentando transparencia, igualdad y cuidado del territorio.
¿Cuáles son los principales problemas que afectan al presupuesto participativo en Bogotá?
Los problemas más comunes son: prometer más de lo que el presupuesto puede cubrir; limitar la participación a solo opinar sin decidir realmente; y ejecutar proyectos sin un control ciudadano efectivo. Estas fallas generan desconfianza y frustración en la comunidad.
¿Qué reglas duras se proponen para que el presupuesto participativo funcione realmente?
Las reglas incluyen: solo votar proyectos con ficha técnica completa y viable (con costos estimados, responsable definido, permisos claros, cronograma realista, plan de mantenimiento e indicadores); dividir proyectos en dos bolsas según su tamaño para evitar que lo pequeño se ahogue o lo grande se venda sin estar listo; y garantizar control ciudadano durante la ejecución.
¿Qué significa tener una ‘ficha completa’ para un proyecto dentro del presupuesto participativo?
Una ficha completa debe contener: costo estimado con supuestos claros; ubicación definida; entidad responsable y firmante; permisos mínimos identificados; cronograma detallado por hitos; plan realista de operación y mantenimiento; e indicadores simples para medir resultados. Esto evita votar proyectos poco claros o inviables.
¿Por qué es importante separar los proyectos en dos bolsas dentro del presupuesto participativo?
Separar en Bolsa A (proyectos rápidos como mantenimiento o iluminación puntual) y Bolsa B (proyectos medianos como obras integrales) permite ajustar las reglas según la complejidad. Así se evita que los proyectos pequeños queden olvidados o que los grandes se aprueben sin preparación adecuada, asegurando mejor ejecución.
¿Cómo evitar que el presupuesto participativo sea solo una vitrina sin resultados reales?
Es fundamental cerrar los huecos que permiten promesas incumplidas: exigir fichas técnicas completas antes de votar, permitir decisiones reales a la comunidad, implementar control ciudadano durante la ejecución y mantener transparencia en todo el proceso. Esto fortalece la confianza y garantiza que las obras respondan a necesidades concretas.
