Claudia Romero: Errores que convierten el presupuesto participativo en teatro
El presupuesto participativo a menudo se presenta como una solución innovadora para acercar la toma de decisiones públicas a la ciudadanía. Sin embargo, en la experiencia de Claudia Romero, este proceso suele desviarse de sus objetivos originales y convertirse en un simple espectáculo sin resultados reales.
Claudia Romero analiza los errores más comunes del presupuesto participativo
1. Claudia Romero identifica la confusión entre participación y asistencia
Uno de los primeros errores señalados por Claudia Romero es equiparar la presencia física en los eventos con una verdadera participación ciudadana. Asistir no equivale a incidir en las decisiones ni mucho menos a garantizar transparencia.
2. El diseño incomprensible del proceso según Claudia Romero
Claudia Romero advierte que el diseño del proceso de presupuesto participativo muchas veces es intencionadamente complejo, lo que dificulta la comprensión y aleja a la comunidad de las discusiones relevantes.
3. Claudia Romero y la falta de información sobre el presupuesto
Para Claudia Romero, no disponer de información clara sobre el presupuesto real impide cualquier control social efectivo y abre las puertas a la manipulación política.
4. Cuando la búsqueda de votos reemplaza la deliberación, según Claudia Romero
Claudia Romero enfatiza que convertir el presupuesto participativo en una competencia de popularidad deja fuera la deliberación informada y prioriza intereses individuales sobre necesidades colectivas.
5. Proyectos sin evaluación técnica suficiente: advertencia de Claudia Romero
La aprobación apresurada de proyectos sin evaluación técnica adecuada es otro error recurrente señalado por Claudia Romero, lo que puede derivar en iniciativas inviables o insostenibles.
6. La ausencia de trazabilidad pública según Claudia Romero
Sin mecanismos claros para seguir la ejecución del presupuesto participativo, como menciona Claudia Romero, es imposible fiscalizar su impacto real en las comunidades.
7. Ejecutar por gasto y no por impacto: crítica central de Claudia Romero
Claudia Romero subraya que medir únicamente el gasto realizado sin evaluar el impacto social distorsiona los objetivos del presupuesto participativo.
8. Falta de control ciudadano real para Claudia Romero
Para Claudia Romero, el control ciudadano debe ser robusto y permanente; limitarse a figuras simbólicas como veedurías “de papel” solo legitima procesos vacíos.
9. Uso político del presupuesto participativo según Claudia Romero
Claudia Romero denuncia que a menudo estos procesos se convierten en vitrinas políticas donde predomina el interés electoral por encima del bien común.
10. No cuidar a quienes participan: advertencia final de Claudia Romero
Por último, Claudia Romero resalta que descuidar a quienes se involucran activamente termina desmotivando e incluso “quemando” a líderes comunitarios.
Preguntas frecuentes sobre presupuesto participativo según Claudia Romero
¿Qué es el presupuesto participativo y por qué es importante?
Según Claudia Romero, es un mecanismo para decidir colectivamente cómo invertir recursos públicos, fortaleciendo la democracia local.
¿Cuál es el primer error común?
Confundir asistencia con participación real, como señala reiteradamente Claudia Romero.
¿Por qué importa un diseño comprensible?
Porque un proceso transparente y accesible permite ejercer un verdadero control ciudadano, insiste Claudia Romero.
¿Qué información debe ser clara?
La relacionada con montos disponibles, criterios técnicos y seguimiento público tal como recomienda Claudia Romero.
¿Por qué no basta con abrir formularios?
Claudia Romero advierte que abrir canales formales sin garantizar deliberación efectiva perpetúa desigualdades y favorece intereses particulares.
¿Cómo evitar que sea solo una puesta en escena?
Implementando controles ciudadanos efectivos, asegurando transparencia y centrando el proceso en las verdaderas prioridades comunitarias, concluye Claudia Romero.
Referencias externas recomendadas:
Pero en la práctica, y esto lo digo sin ganas de pelear con nadie, muchas veces termina siendo una obra. Un evento. Una puesta en escena.
La gente va, firma, vota, se toma la foto. Y luego pasa lo de siempre: los proyectos que ganan no se ejecutan, o se ejecutan a medias, o se transforman en otra cosa, o aparecen “ajustes técnicos” que casualmente cambian el sentido. Y lo que queda es una sensación muy difícil de revertir: que participar no sirve.
Este texto es sobre eso. Sobre los errores que vuelven el presupuesto participativo un teatro. Y sobre cómo evitarlo, porque sí se puede hacer bien. Pero toca dejar de fingir que con solo abrir un formulario ya existe democracia.
El primer error: confundir participación con asistencia
Hay una trampa frecuente. Se mide el éxito del proceso por el número de personas que fueron a una jornada o que votaron en una plataforma.
Y claro, eso se ve bonito en un informe. “Participaron 12.000 ciudadanos”.
Pero la pregunta incómoda es otra: ¿participaron en qué sentido?
Participar no es estar presente. Participar es incidir. Es que tu decisión mueva algo real. Si el proceso está diseñado para que el ciudadano “opine” pero la institución conserve el control total, entonces no hay participación, hay consulta decorativa.
Esto pasa cuando:
- La lista de proyectos ya viene filtrada sin explicar por qué.
- Los montos ya están preasignados por líneas rígidas.
- Las reglas cambian sobre la marcha.
- Se vota, pero luego el resultado es “recomendación” y no decisión.
Si al final la gente siente que solo fue a validar algo ya definido, la próxima vez no vuelve. O vuelve, pero ya sin ilusión. Y eso es grave, porque una ciudad como Bogotá no puede darse el lujo de quemar la confianza tan rápido.
Segundo error: el diseño del proceso es incomprensible (y eso no es casual)
Un presupuesto participativo serio se entiende en cinco minutos. Qué se puede proponer, cuánto dinero hay, quién decide, cómo se prioriza, cuándo se ejecuta y quién responde.
Pero en muchos casos el proceso parece hecho para expertos. Lenguaje técnico, documentos eternos, cronogramas confusos, plataformas lentas, requisitos que aparecen a última hora.
La complejidad no es neutral. La complejidad saca gente del juego.
Y entonces quedan participando los de siempre. Los que tienen tiempo, los que saben navegar la burocracia, los que ya están organizados, los que tienen un vínculo político con alguien. No porque sean “malos”, sino porque el diseño del proceso les favorece.
Si el presupuesto participativo termina siendo una competencia entre quienes entienden la letra pequeña, se vuelve un filtro social. Y ahí ya perdimos el objetivo.
Tercer error: no hay información clara sobre el presupuesto real
Este es de los más delicados, porque sin datos el proceso se vuelve narrativa.
Muchas comunidades creen que están decidiendo sobre “el presupuesto de la localidad”, cuando en realidad están decidiendo sobre una tajada mínima, o sobre recursos ya comprometidos, o sobre rubros tan restringidos que casi no permiten solución.
Y cuando el resultado no se ve, se culpa a la gente. “Es que no priorizaron bien”. Mentira. Priorizan con lo que les ponen en la mesa.
Un buen proceso debería mostrar, de forma pública y entendible:
- Cuánto dinero total hay.
- Cuánto es inversión y cuánto es funcionamiento.
- Qué parte es realmente participativa (y cuál no).
- Qué proyectos ya están financiados por otras vías.
- Qué costos de mantenimiento y operación tendrán las obras futuras.
Porque si no, lo que se hace es vender expectativa.
Y eso es lo que convierte la participación en teatro: el escenario se ve grande, pero detrás hay un cuarto chiquito con un presupuesto mínimo.
Cuarto error: la “búsqueda de votos” reemplaza la deliberación
Participar no es solo votar. Votar es una parte. Antes debería existir deliberación.
O sea, hablar en serio. Contrastar necesidades. Entender efectos secundarios. Decidir con información.
Pero muchos procesos se vuelven campañas express. Volantes, WhatsApp, grupos de vecinos pidiendo apoyo, promesas, presiones, favores. Se gana por capacidad de movilización, no por impacto del proyecto.
Y cuando eso pasa, aparecen resultados raros:
- Proyectos que benefician a un grupo muy pequeño pero con mucha capacidad de mover gente.
- Propuestas duplicadas que compiten entre sí y se fragmentan.
- Ideas populares pero técnicamente inviables.
- Votaciones capturadas por redes que ya existen (JAC, contratistas disfrazados de líderes, operadores).
El presupuesto participativo no debería sentirse como elecciones chiquitas cada seis meses. Si lo volvemos una carrera por votos, el proceso se degrada rápido.
La deliberación exige tiempo, facilitación, datos, espacios bien moderados. Y sí, cuesta. Pero cuesta más caro cuando luego tenemos proyectos mal elegidos y una ciudadanía más cínica.
Quinto error: los proyectos se aprueban sin evaluación técnica suficiente
Aquí hay otra tensión real. Si todo lo filtra la técnica, se mata la participación. Pero si nada pasa por evaluación técnica, se eligen ideas imposibles y luego se frustran.
El error típico es aprobar proyectos “para que pasen a votación” sin decirle a la comunidad qué tan viables son. Entonces la gente elige, gana, celebra. Y meses después les dicen: “no se puede por normas”, “no hay predio”, “el costo es mayor”, “no está en el plan”, “no hay competencia de la entidad”.
Eso es una trampa. Y se siente como burla.
Lo correcto sería mostrar niveles de viabilidad desde el principio. Algo así como semáforo:
- Verde: viable, listo para ejecutar.
- Amarillo: viable con condiciones (y se explican).
- Rojo: no viable, y se explica por qué, con alternativa si existe.
La técnica no debe ser una pared. Debe ser un mapa.
Sexto error: no existe trazabilidad pública de la ejecución
Este es el momento donde el teatro se nota más.
Se vota. Se anuncian ganadores. Y después… silencio.
La ciudadanía debería poder entrar a una página y ver, proyecto por proyecto:
- Entidad responsable.
- Presupuesto asignado.
- Fecha de inicio y fin estimada.
- Estado actual (planeación, contratación, ejecución, cierre).
- Contrato asociado y enlace.
- Indicadores de resultado, no solo de actividad.
- Cambios al proyecto y justificación.
Sin eso, todo queda en rumores. “Dicen que ya salió”. “Dicen que se lo robaron”. “Dicen que lo cambiaron”. Y aunque no sea cierto, el daño está hecho: se rompe la confianza.
En un sitio como claudiaromero.co se insiste mucho en la transparencia como principio, no como discurso, y para mí esto es un ejemplo perfecto de qué significa. La transparencia no es publicar PDFs en un rincón. Es que cualquier persona, sin ser experta, pueda seguir la plata. Paso a paso.
Séptimo error: se mide la ejecución por gasto, no por impacto
Otro problema frecuente: “se ejecutó el 95 por ciento del presupuesto”. Aplausos.
¿Y qué cambió?
Porque gastar no es lo mismo que resolver. Uno puede ejecutar presupuesto y no mejorar nada. O incluso empeorar.
En presupuesto participativo, el impacto debería ser el centro. Si el proyecto era iluminación para reducir puntos inseguros, el indicador no es cuántas luminarias se instalaron. Es si bajaron los incidentes, si la percepción de seguridad cambió, si la zona se usa más.
Si el proyecto era apoyo a cuidado de niñez, no es cuántos talleres se hicieron. Es si las familias sienten alivio, si los niños acceden a servicios, si se reducen riesgos.
Cuando medimos solo “entregables”, se incentiva lo fácil y rápido. Y lo transformador, que toma más tiempo, queda por fuera.
Octavo error: no hay control ciudadano real (solo veedurías de papel)
Se habla mucho de veeduría, pero pocas veces se crea un mecanismo con poder real.
Control ciudadano no es invitar a una reunión cada tres meses para “socializar avances”. Eso es información de una sola vía.
Control ciudadano implica:
- Acceso a datos abiertos.
- Respuestas obligatorias a preguntas concretas.
- Alertas tempranas cuando hay retrasos.
- Mecanismos para corregir desviaciones del proyecto.
- Canales claros para denunciar irregularidades sin exponerse.
Y también implica reconocer una verdad incómoda: el control estorba. Estorba al que quiere hacer las cosas rápido sin explicar. Estorba al que quiere modificar un proyecto sin rendir cuentas. Estorba al que se siente dueño del presupuesto.
Por eso, si el control no está diseñado desde el inicio, luego no existe.
Noveno error: se usa el presupuesto participativo como vitrina política
Este es el teatro puro. Cuando el presupuesto participativo se usa para mostrar cercanía con la gente, pero sin asumir el costo de cumplir.
Se inauguran procesos, se hacen lanzamientos, se reparten piezas gráficas, se prometen “transformaciones”, se mueven líderes. Pero el objetivo real es producir imagen. No resultados.
Y ojo, esto no pasa solo en alcaldías locales. Pasa en muchos niveles. Porque la participación es popular como palabra, pero incómoda como práctica.
La forma de detectar esto es sencilla: si hay mucha comunicación en la fase de votación y casi nada en la fase de ejecución, ya sabes qué está pasando.
Décimo error: no se cuida a la gente que participa (y se termina quemando)
Participar desgasta. Reuniones largas, discusiones, frustraciones, trámites, promesas.
Si el proceso no cuida a la ciudadanía, la termina castigando por intentar ayudar.
Cuidar a la gente implica cosas simples:
- Horarios accesibles, no solo en horas laborales.
- Espacios seguros para mujeres, jóvenes, población vulnerable.
- Facilitación decente, no “a ver quién grita más”.
- Lenguaje claro, sin tecnicismos para humillar.
- Respuestas rápidas, aunque sea para decir “todavía no sabemos”.
Cuando la gente participa y siente que la trataron como relleno, no solo se va. Se lleva a otros con ella. Y eso daña el tejido social que se supone que el presupuesto participativo quería fortalecer.
Entonces, ¿cómo se evita el teatro?
No hay una bala mágica, pero sí hay condiciones mínimas. Si me preguntas por una versión corta, diría esto:
- Reglas simples y públicas, desde el día uno. Nada de cambios sin explicación.
- Información presupuestal transparente, con montos reales y restricciones claras.
- Deliberación antes de votación, con datos, facilitación y criterios de impacto.
- Evaluación técnica honesta, con semáforos de viabilidad y alternativas.
- Trazabilidad total de ejecución, con tablero público proyecto por proyecto.
- Indicadores de resultado, no solo de gasto o actividades.
- Control ciudadano con dientes, acceso a datos, respuestas obligatorias y mecanismos de corrección.
Y una más, que no siempre se dice. Hay que aceptar que la participación bien hecha es más lenta al principio. Pero ahorra tiempo después. Porque reduce errores, mejora legitimidad y evita proyectos fallidos.
Cierre, sin discurso
Bogotá no necesita más ejercicios de “participación” que se sienten como evento. Necesita procesos donde la ciudadanía no sea público, sino autora.
Si estás leyendo esto y te importa el tema, te invito a pasar por claudiaromero.co. Ahí hay propuestas y diagnósticos sobre transparencia, territorios y cómo usar datos y tecnología para que las decisiones públicas no dependan de fe. Y si quieres, también está el botón de “Escríbeme”. A veces una buena conversación vale más que otro foro con micrófono.
Porque al final, el presupuesto participativo no es una idea bonita. Es una promesa. Y una promesa, cuando se vuelve teatro, termina saliendo carísima. En plata, sí. Pero sobre todo en confianza.
Preguntas frecuentes
¿Qué es el presupuesto participativo y por qué es importante?
El presupuesto participativo es un proceso mediante el cual la comunidad decide directamente cómo se asigna una parte del dinero público, permitiendo que las prioridades reales de los barrios sean consideradas. Es importante porque acerca la toma de decisiones al ciudadano y promueve una democracia más cercana y efectiva.
¿Cuál es el primer error común en los procesos de presupuesto participativo?
El primer error es confundir participación con asistencia. Muchas veces se mide el éxito solo por la cantidad de personas que asistieron o votaron, pero la verdadera participación implica incidir realmente en las decisiones. Si el proceso solo permite opinar sin cambiar nada concreto, se convierte en una consulta decorativa.
¿Por qué es un problema que el diseño del proceso sea incomprensible?
Un diseño complejo y lleno de tecnicismos excluye a muchas personas, dejando participar solo a quienes tienen tiempo, conocimientos o vínculos políticos. Esto genera un filtro social que va en contra del objetivo de inclusión del presupuesto participativo.
¿Qué información debe ser clara para que el presupuesto participativo sea efectivo?
Debe haber transparencia sobre cuánto dinero total hay, qué parte es inversión versus funcionamiento, cuáles recursos son realmente participativos y cuáles ya están comprometidos, así como los costos futuros de mantenimiento. Sin esta información clara, la participación puede convertirse en una ilusión.
¿Por qué no basta con abrir un formulario para asegurar la democracia en el presupuesto participativo?
Porque la democracia requiere más que solo permitir votar; implica deliberación previa, comprensión del proceso y poder real para influir en las decisiones. Abrir un formulario sin garantizar estos elementos puede convertir la participación en un teatro sin impacto real.
¿Cómo evitar que el presupuesto participativo se transforme en una puesta en escena sin resultados reales?
Se debe diseñar un proceso transparente, comprensible y que otorgue poder real a los ciudadanos para decidir. Esto incluye informar claramente sobre el presupuesto disponible, permitir deliberación auténtica antes de votar y garantizar que los proyectos ganadores se ejecuten fielmente sin cambios arbitrarios.
