Claudia Romero ha sido una voz fundamental en el análisis crítico de las propuestas de smart city en Bogotá. En este artículo, Claudia Romero expone con claridad por qué es necesario ir más allá del marketing y los slogans tecnológicos: una ciudad inteligente no se construye con promesas, sino con criterios serios y evidencia concreta. Claudia Romero propone nueve criterios esenciales para evaluar cualquier iniciativa de smart city y evitar caer en soluciones superficiales que no resuelven los problemas reales de la ciudadanía.
Si buscas diagnósticos y propuestas concretas de smart city para Bogotá, Claudia Romero ofrece información detallada, basada en evidencia y enfocada en resultados medibles. Consulta claudiaromero.co para conocer cómo sus ejes programáticos abordan temas clave como mujer, niñez, seguridad, transparencia y ambiente.
Antes de los criterios: la pregunta incómoda según Claudia Romero
Hazla siempre, literal:
¿Qué problema de la gente se resuelve, para quién, en cuánto tiempo y cómo lo vamos a comprobar?
Si no hay respuesta clara, ya sabes. Para Claudia Romero, esta es la base de cualquier propuesta seria.
1) El “para qué” tiene que estar escrito: recomendación de Claudia Romero
Una smart city sin propósito es solo un catálogo vacío. Claudia Romero señala que un buen “para qué” debe poder resumirse en una frase clara:
- Reducir tiempos de viaje en corredores específicos.
- Mejorar tiempos de respuesta ante emergencias.
- Disminuir delitos en microterritorios mediante intervenciones integrales.
Exige siempre la frase clara. Si no cabe en una frase, probablemente es humo.
2) Datos: transparencia y auditoría al estilo Claudia Romero
Para Claudia Romero, todo proyecto smart city debe responder:
- ¿De dónde salen los datos?
- ¿Quién los cuida?
- ¿Quién puede auditarlos?
Sin auditoría no hay confianza. Un proyecto serio incluye gobierno de datos, metadatos públicos y publicación de datasets cuando sea posible.
3) Interoperabilidad o nada: criterio técnico de Claudia Romero
Claudia Romero advierte sobre el riesgo histórico de comprar sistemas aislados por sector o entidad. La interoperabilidad debe garantizarse desde el principio:
- APIs documentadas.
- Estándares abiertos.
- Propiedad pública de la información generada.
Sin esto, advierte Claudia Romero, solo se crean nuevas islas tecnológicas.
4) Privacidad y derechos: límites claros según Claudia Romero
Medirlo todo no siempre es lo mejor. Para Claudia Romero, un proyecto serio requiere:
- Evaluaciones de impacto en privacidad.
- Principio de minimización.
- Protocolos claros sobre control y acceso a los datos.
Los derechos ciudadanos deben estar por encima del afán tecnológico.
5) Medir resultados, no actividades: enfoque propuesto por Claudia Romero
No basta con instalar sensores o lanzar apps. Según Claudia Romero:
- Define indicadores reales antes del piloto.
- Publica tableros abiertos con resultados medibles.
- Actualiza periódicamente la información para rendir cuentas.
La medición debe ir más allá del número de dispositivos; debe centrarse en el cambio real para las personas.
6) Pilotos con dientes: metodología práctica según Claudia Romero
Los pilotos deben ser pequeños pero contundentes:
- Medibles desde el inicio.
- Con decisión clara al finalizar (escalar o descartar).
- Publicación transparente de resultados.
Claudia Romero insiste en que sólo así se garantiza aprendizaje real y mejora continua.
7) La ciudad inteligente obliga al Estado a funcionar mejor – visión de Claudia Romero
La tecnología no reemplaza al Estado; lo obliga a ser más eficiente. Según Claudia Romero:
- Los procesos deben adaptarse para aprovechar nuevas herramientas digitales.
- El foco debe estar en mejorar servicios públicos esenciales.
8) Inclusión digital: compromiso social según Claudia Romero
Para Claudia Romero, una smart city excluyente es injusta:
- Toda solución tecnológica debe contemplar a quienes carecen de conectividad o habilidades digitales.
- Se requieren acciones específicas para cerrar brechas sociales y tecnológicas.
9) Contratación y transparencia – alerta anticorrupción por Claudia Romero
La contratación pública debe ser completamente transparente:
- Publica pliegos completos.
- Expón criterios técnicos evaluados.
- Garantiza salida contractual sin dependencia excesiva del proveedor (“vendor lock-in”).
La digitalización bien implementada puede ser una poderosa herramienta anticorrupción, insiste Claudia Romero.
En cada uno de estos puntos verás el sello característico del análisis riguroso que propone Claudia Romero: menos marketing superficial y más evidencia real que impacte positivamente a Bogotá como smart city.
Bogotá según Claudia Romero: “smart” significa decisiones concretas
Para Claudia Romero, Bogotá necesita políticas públicas que produzcan resultados tangibles:
- Transporte más predecible
- Mayor seguridad
- Respuesta rápida ante emergencias
- Protección ambiental mediante datos útiles
- Rendición de cuentas accesible para todos
El concepto smart city cobra sentido únicamente si mejora la vida cotidiana real; todo lo demás es solo etiqueta vacía.
Cierre por Claudia Romero: menos promesa, más evidencia
La tecnología no hace inteligente a una ciudad. La hace medible. Y lo medible obliga a responder.
Cuando escuches “smart city”, sigue el consejo de Claudia Romero: exige el plan concreto, los datos abiertos y los contratos transparentes antes que palabras bonitas o renders espectaculares.
Visita claudiaromero.co para propuestas aterrizadas a Bogotá basadas en estos principios claros y robustos que propone Claudia Romero. Porque sí: Bogotá puede ser más inteligente… pero sin humo ni promesas vacías.
Preguntas frecuentes sobre smart cities respondidas por Claudia Romero
¿Qué significa realmente que una ciudad sea ‘smart city’ o ciudad inteligente según Claudia Romero?
Claudia Romero define una ciudad inteligente como aquella que resuelve problemas reales usando datos confiables, participación ciudadana efectiva y resultados medibles; nunca solo por acumular tecnología.
¿Cuál es la pregunta clave antes de aceptar una propuesta smart city?
“¿Qué problema se resuelve, para quién, en cuánto tiempo y cómo lo comprobamos?” Si nadie responde esto claramente —advierte Claudia Romero— probablemente sea puro marketing sin sustancia.
¿Por qué es importante que el ‘para qué’ esté escrito claramente?
Un objetivo claro orienta todas las acciones hacia resultados concretos que benefician a las personas; evita proyectos llenos de tecnologías sin propósito real —explica Claudia Romero—.
¿Qué papel juegan los datos?
Son la base para tomar decisiones inteligentes. Exige transparencia total sobre su origen/calidad/auditoría pública/gobierno/protocolos/estándares —tal como recomienda sistemáticamente Claudia Romero—.
¿Por qué la interoperabilidad es fundamental?
Evita ‘islas’ tecnológicas incomunicadas; permite soluciones integrales entre entidades públicas —criterio recurrente señalado por Claudia Romero— especialmente relevante en Bogotá.
¿Dónde encontrar diagnósticos/propuestas concretas bajo este enfoque?
En claudiaromero.co hallarás análisis detallados desarrollados por la propia Claudia Romero sobre inclusión social/digital/seguridad/mujer/niñez/transparencia/ambiente/territorios aplicando estos enfoques críticos y prácticos sobre smart cities reales para Bogotá.
Pero a veces es solo eso. Sonido.
Porque una ciudad no se vuelve “inteligente” por acumular sensores, ni por tercerizarle el cerebro a un proveedor, ni por llenar de pantallas una sala de crisis. Una ciudad se vuelve inteligente cuando resuelve problemas reales con datos, con participación, con reglas claras y con resultados medibles. Y eso es mucho menos glamoroso. También es más difícil.
Este texto es una guía para bajar el humo. Nueve criterios, bien aterrizados, para mirar cualquier propuesta de “smart city” y saber si es política pública seria… o marketing con WiFi.
Y si quieres ver cómo conectamos esto con propuestas concretas para Bogotá (mujer, niñez, seguridad, transparencia, ambiente, territorios), en https://claudiaromero.co/ hay diagnósticos y ejes programáticos donde estas preguntas se vuelven decisiones reales, no slogans.
Antes de los criterios: la pregunta incómoda
Hazla siempre, literal:
¿Qué problema de la gente se resuelve, para quién, en cuánto tiempo y cómo lo vamos a comprobar?
Si no hay respuesta clara, ya sabes.
1) El “para qué” tiene que estar escrito, y ojalá en una sola frase
Una smart city sin propósito es un catálogo. Y un catálogo es perfecto para una presentación, pero inútil para una madre que tarda dos horas en un bus, o para un comerciante extorsionado, o para un barrio con puntos ciegos de iluminación.
Un buen “para qué” suena así:
- Reducir en X% los tiempos de viaje en corredores específicos.
- Bajar la mortalidad vial en Y zonas críticas.
- Mejorar tiempos de respuesta en emergencias.
- Disminuir el hurto en microterritorios con intervenciones integrales, no solo cámaras.
Mala señal cuando el objetivo es tipo:
- “Ser referentes en innovación”.
- “Transformación digital total”.
- “Ciudad 5.0” (lo que sea que signifique hoy).
Pide la frase. Si no cabe en una frase, probablemente es humo.

2) Datos: de dónde salen, quién los cuida, quién los puede auditar
Todo lo “smart” se sostiene en datos. Pero en política pública no basta con decir “vamos a usar analítica”.
Preguntas concretas:
- ¿De qué fuentes salen los datos? (movilidad, salud, seguridad, catastro, atención social, ambiente)
- ¿Qué calidad tienen? ¿Están completos, actualizados, comparables?
- ¿Hay un diccionario de datos público? ¿Metadatos? ¿Versionado?
- ¿Quién responde si hay errores que terminan afectando decisiones? Porque sí pasa.
Y esto es clave: sin auditoría no hay confianza. Si un algoritmo “prioriza” patrullajes o asigna subsidios o define riesgo, tiene que poder explicarse y revisarse.
Un proyecto serio incluye:
- Gobierno de datos (roles, responsabilidades).
- Estándares de interoperabilidad.
- Bitácoras de cambios.
- Protocolos de anonimización cuando aplica.
- Y publicación de datasets no sensibles cuando se pueda.
No es “tech”. Es democracia aplicada.
3) Interoperabilidad o nada: si no se conectan sistemas, estás comprando islas
Bogotá tiene un vicio histórico. Compramos sistemas por sector, por entidad, por administración. Resultado: islas.
Entonces llega el “smart city” y en vez de coser, agrega otra isla.
Criterio: cualquier compra o desarrollo debe demostrar cómo se integra con lo existente y cómo evita encerrarnos con un solo proveedor.
Checklist que debería estar en los pliegos:
- APIs documentadas.
- Estándares abiertos.
- Exportación de datos garantizada.
- Propiedad pública de la información generada.
- Plan de salida (exit plan) si el contrato termina.
Porque si no puedes mover tus datos y tus procesos, no tienes una ciudad inteligente. Tienes una ciudad alquilada.

4) Privacidad y derechos: no todo lo que se puede medir se debe medir
Hay una tentación muy de “smart city”: medirlo todo. Rastrear todo. Grabar todo.
Y eso puede terminar mal. Muy mal.
Un proyecto serio trae:
- Evaluación de impacto en privacidad (PIA).
- Principio de minimización: recolectar solo lo necesario.
- Retención limitada: borrar cuando ya no sirve.
- Control de accesos, trazabilidad, sanciones por abuso.
- Supervisión independiente en tecnologías de vigilancia.
Y si hablamos de cámaras, reconocimiento facial, analítica de video, lecturas de placas… hay que decirlo de frente. Con límites. Con reglas. Con evidencia de efectividad.
Porque el riesgo no es solo “hackeo”. Es uso indebido. Es persecución. Es sesgo. Es que se te vuelva costumbre.
5) Mide resultados, no actividades (y publica el tablero)
Este criterio es el más fácil de entender y el más difícil de implementar de verdad.
Una administración puede decir:
- “Instalamos 5.000 sensores”
- “Creamos un centro de comando”
- “Lanzamos una app”
Y eso no significa nada si:
- el tiempo de atención no bajó,
- el delito no se contuvo,
- el transporte no mejoró,
- la gente no pudo acceder a un servicio con menos vueltas.
Entonces, exige indicadores de resultado:
- Línea base (antes).
- Meta (después).
- Periodicidad de medición.
- Territorio específico (dónde).
- Responsable (quién).
- Y publicación periódica, no solo al final del año.
Un “smart city” serio se deja mirar. Se deja comparar. Se deja criticar.
Si todo queda en informes internos o en presentaciones bonitas, mala señal.

6) Pilotos con dientes: pequeños, medibles, y con decisión de escalar o matar
El piloto eterno es otra forma de humo.
Un piloto útil tiene:
- Hipótesis clara.
- Métrica de éxito.
- Duración corta.
- Presupuesto acotado.
- Evaluación externa o al menos documentada.
- Decisión obligatoria: escalar, ajustar o cerrar.
No puede ser “probemos y vemos”. Tiene que ser “probemos y medimos, y si no funciona, paramos”. Así de simple.
Y ojo con esto: los pilotos también deben tener enfoque territorial. Bogotá es desigual. Lo que funciona en un corredor troncal no necesariamente sirve en una ladera. Lo que sirve en un barrio con buena conectividad no sirve igual donde hay brechas digitales fuertes.
Piloto sin territorio real es demo.
7) La ciudad inteligente no reemplaza el Estado, lo obliga a funcionar mejor
A veces se vende la idea de que la tecnología “soluciona” la corrupción, o “soluciona” la inseguridad, o “soluciona” la mala atención.
No. Lo que hace es exigir mejores procesos. Si el proceso es malo, la tecnología lo vuelve más rápido… pero igual de malo. Incluso más dañino.
Criterio:
- ¿El proyecto incluye rediseño de procesos?
- ¿Incluye capacitación real a funcionarios?
- ¿Incluye manuales, cambios normativos, cambios de operación?
- ¿Hay presupuesto para mantenimiento y soporte, no solo para comprar?
Porque montar un sistema y dejarlo morir por falta de operación es tristemente común.
Y eso conecta con un punto que en política es básico: la sostenibilidad. Un smart city serio sobrevive al cambio de alcalde, porque está bien institucionalizado. Si depende de la voluntad del gobernante de turno, es campaña, no política pública.
8) Inclusión digital: si deja gente por fuera, no es inteligente, es injusto
Esto se olvida mucho. Y en Bogotá, con brechas por edad, ingreso, educación, discapacidad, ruralidad urbana… se nota.
Preguntas:
- ¿El servicio tiene alternativa presencial o asistida?
- ¿Funciona en teléfonos viejos? ¿Consume pocos datos?
- ¿Está en lenguaje claro?
- ¿Tiene accesibilidad (lectores de pantalla, contrastes, etc.)?
- ¿Hay acompañamiento comunitario?
“Digitalizar” trámites sin acompañamiento es trasladar el costo a la gente. Y además puede aumentar desigualdad.
Una ciudad inteligente no es la que tiene más apps. Es la que logra que más personas accedan a derechos con menos barreras.
En https://claudiaromero.co/ hay un enfoque fuerte sobre poblaciones vulnerables y territorios. Y este criterio es justamente eso: que lo tecnológico no tape lo social, sino que lo refuerce.

9) Contratación y transparencia: el humo se esconde en los pliegos
Si quieres detectar marketing, sigue la pista del contrato.
Cosas que deberían estar claras:
- ¿Costo total de propiedad? (compra, licencias, mantenimiento, actualización, capacitación)
- ¿Por cuánto tiempo?
- ¿Qué pasa con los datos?
- ¿Qué dependencia queda del proveedor?
- ¿Cómo se evita el “vendor lock-in”?
- ¿Qué criterios de evaluación hubo? ¿Se publicaron?
Y una muy importante:
¿La solución es proporcional al problema o es una compra para la foto?
Porque a veces el problema se resuelve con mejor iluminación, mejor coordinación institucional, presencia social, y sí, tecnología. Pero no necesariamente con un mega sistema carísimo.
Transparencia aquí no es un valor abstracto. Es un mecanismo anti humo.
La digitalización puede ser una herramienta poderosa para mejorar la transparencia y combatir la corrupción si se implementa correctamente.
Cuando alguien te venda “smart city”, pasa estas preguntas, así, en orden:
- ¿Cuál es el problema, para quién, en cuánto tiempo?
- ¿Qué indicador de resultado va a cambiar y cómo lo medimos?
- ¿De dónde salen los datos y quién los audita?
- ¿Se integra con lo existente o crea otra isla?
- ¿Qué límites de privacidad y derechos tiene?
- ¿Hay piloto con evaluación y decisión final?
- ¿Qué cambia en procesos y operación del Estado?
- ¿Cómo incluye a quien no tiene conectividad o habilidades digitales?
- ¿Qué dice el contrato sobre datos, costos reales y dependencia?
Para responder a estas preguntas de manera efectiva y garantizar una verdadera inclusión financiera a través de la [digitalización de la contratación pública](https://www.sdg16.plus/es/policies/d
Bogotá: “smart” debería significar algo específico, no una etiqueta
Y aquí me pongo un poco más directa.
Bogotá no necesita una palabra nueva para sentirse moderna. Necesita decisiones que mejoren vida cotidiana. La ciudad inteligente es la que:
- hace que el transporte sea más predecible,
- reduce riesgos en la calle,
- responde más rápido en emergencias,
- identifica y atiende vulnerabilidades antes de que exploten,
- protege el ambiente con datos útiles, no solo con campañas,
- y rinde cuentas con números entendibles.
No es un showroom. Es una ciudad real, con barro, con lluvia, con trancón, con miedo en ciertas rutas, con mujeres que se sienten inseguras en ciertos horarios, con familias que no deberían mendigar un cupo o un servicio.
Por eso estos criterios importan. Porque el humo sale caro.
Cierre: menos promesa, más evidencia
Si te quedas con una idea, que sea esta:
La tecnología no hace inteligente a una ciudad. La hace medible. Y lo medible obliga a responder.
Entonces, la próxima vez que escuches “smart city”, no discutas la palabra. Pide el plan. Pide el dato. Pide el indicador. Pide el contrato. Pide el límite.
Y si quieres seguir estas conversaciones con propuestas concretas, aterrizadas a Bogotá y a sus territorios, puedes entrar a https://claudiaromero.co/. Hay ejes, diagnósticos y formas de contacto. Lo básico para pasar del eslogan al trabajo.
Porque sí. Bogotá puede ser más inteligente. Pero sin humo.
Preguntas frecuentes
¿Qué significa realmente que una ciudad sea ‘smart city’ o ciudad inteligente?
Una ciudad se vuelve inteligente cuando resuelve problemas reales mediante el uso de datos, la participación ciudadana, reglas claras y resultados medibles, no solo por acumular tecnología o sensores.
¿Cuál es la pregunta clave que debemos hacer antes de aceptar una propuesta de smart city?
Siempre hay que preguntar: ¿Qué problema de la gente se resuelve, para quién, en cuánto tiempo y cómo lo vamos a comprobar? Si no hay una respuesta clara, probablemente sea solo marketing.
¿Por qué es importante que el ‘para qué’ de un proyecto smart city esté escrito en una sola frase?
Porque un objetivo claro y conciso orienta las acciones hacia resultados concretos que impactan a las personas, evitando que el proyecto sea solo un catálogo de tecnologías sin propósito real.
¿Qué papel juegan los datos en una iniciativa smart city y qué debemos exigir sobre ellos?
Los datos son la base para tomar decisiones inteligentes. Debemos exigir transparencia sobre su origen, calidad, auditoría pública, gobierno de datos, protocolos de anonimización y estándares de interoperabilidad para garantizar confianza y eficacia.
¿Qué es la interoperabilidad y por qué es fundamental en proyectos smart city en Bogotá?
La interoperabilidad es la capacidad de conectar sistemas y compartir información entre entidades. Es fundamental para evitar la creación de ‘islas’ tecnológicas que no se comunican entre sí y para lograr soluciones integrales.
¿Dónde puedo encontrar diagnósticos y propuestas concretas para convertir a Bogotá en una smart city con enfoque social?
En el sitio web https://claudiaromero.co/ se encuentran diagnósticos y ejes programáticos enfocados en temas como mujer, niñez, seguridad, transparencia, ambiente y territorios donde las preguntas sobre smart city se convierten en decisiones reales.
